Ni siquiera un “gracias”

En situaciones críticas como cuando hemos debido pasar un tiempo prolongado en aislamiento por la pandemia, pueden surgir crisis que, en otras situaciones, no les daríamos importancia, pero la tensión y preocupación en la que nos encontramos, provocan discusiones o tensiones que convendría evitar. Al principio, todo indica que estamos dispuestos a ayudar y lo hacemos, pero, poco a poco, vamos experimentando la sensación de que los demás no se dan cuenta de nuestros trabajos, fatigas y cansancios y comenzamos a experimentar sentimientos de que estamos siendo “usados” o, peor aún, que nos tiran como pañuelos desechables. Tenemos grande necesidad de que reconozcan lo que hacemos y, cuando esto no sucede, nace un sentimiento de que aquellos a quienes hemos servido, ni siquiera nos agradecen. Todos, sin excepción, aun cuando nuestras intenciones sean justas y nobles, esperamos, al menos, un “gracias”.
  
   Y esto, obviamente, no es negativo ya que, incluso Jesús, se resintió de la ingratitud de los leprosos que no volvieron a agradecer que los hubiese curado y expresó: «¿No eran diez los que fueron curados? Y los otros nueve, ¿dónde están?» (Lc 17,17). ¡Para colmo, el único que se mostró agradecido era un extranjero samaritano! El problema es que, casi imperceptiblemente, esta sensación de ingratitud va haciéndose cada vez más grande al grado que creemos que lo que hacemos, o no tiene sentido, o que los demás, francamente abusan y nosotros lo permitimos. En teoría sabemos, e incluso repetimos que no somos más que siervos inútiles y que hicimos lo que debíamos hacer (Lc 17,10), sin embargo, en el momento de la verdad, nos sentimos desilusionados, traicionados, utilizados y no agradecidos. Y esto puede pasar a los más santos, devotos y sacrificados padres que lo dan todo por amor a sus hijos, ya no digamos a otros que no sabemos lo que es el amor de los hijos.
  
   Cuando hacemos algo por los demás y no obtenemos los resultados que, aun inconscientemente esperamos, viene un sentimiento de desilusión e, incluso, de fracaso, que la Sagrada Escritura ha reflejado muy bien con la experiencia de Elías, el gran profeta, narrada en los capítulos 18 y 19 del primer Libro de los Reyes. Y no es para menos. Elías había derrotado, él solo, a los 450 profetas de Baal y no sólo no es reconocido sino que la Reina Jezabel le envió un mensajero a decirle: «¡Que los dioses me castiguen sin piedad si mañana a esta hora no te he quitado la vida como tú se la quitaste a ellos!» Elías se asustó y se dirige a Dios con estas duras palabras: «¡Estoy harto, Señor!» Dios no se lo toma en cuenta sino que «un ángel lo tocó y le dijo: “Levántate y come”. Una vez fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios».
  
   De nuevo se queja con Dios y le dice: «Me consume mi amor por ti, Señor Dios Todopoderoso. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!» En otras palabras, he hecho tanto por ti y Tú, no sólo no me lo has tomado en cuenta sino que ahora me persiguen ¡por tu culpa! Dios no hace caso de sus lamentos pues tiene otros planes para él (Cf.1 Re 19.10-14). El profeta se siente no solo abandonado sino experimenta una profunda desilusión, se siente cansado, traicionado; su misión no sólo no ha sido reconocida sino que ahora tiene que huir para conservar la vida. ¿Cuántas veces nos hemos sentido así? Yo creo que muchas. Olvidamos que los caminos de Dios no son los nuestros y, asimismo, Él, quien no se queja con nada, sabrá responder a nuestras dudas e inquietudes, a nuestros sentimientos de frustración y de fracaso, pero con otros criterios que son infinitamente mejores y superiores a los nuestros.
  
   Cuando las cosas no resultan como lo esperábamos, incluso ante la sensación de que hemos fallado, antes de entrar en desesperación o experimentar la desilusión por no haber sido reconocidos y agradecidos, conviene que nos preguntemos con valentía: ¿Hemos fracasado por culpa nuestra? ¿Hemos hecho –realmente- lo que debimos hacer? ¿Hemos buscado el reconocimiento de los demás antes que un servicio auténtico? ¿Estamos seguros de que nuestro “fracaso”, realmente lo es? ¿Quizás estamos midiendo nuestra derrota con parámetros equivocados? ¿Nos confrontamos con los criterios mundanos o, verdaderamente, dejamos que sea el Señor quien nos juzgue?

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