Si creo en él, aunque estén muertos, vivirán

Jaime Emilio González Magaña

07 de noviembre

Hace varios años escribí algunas líneas semejantes a éstas y hoy, como entonces, compruebo que me resulta tremendamente difícil experimentar la ausencia y la muerte de nuestros seres queridos. Aun cuando la vida sigue su curso y alguien me pudiera decir que debería estar ya acostumbrado, admito que no he asimilado todavía la sensación de ver el rostro de mi padre en un ataúd. Murió tan de repente que recuerdo con dolor y repugnancia cuando mi superior me informó que “había muerto en las primeras horas de la madrugada”. Cómo olvidar la separación largamente anunciada de mi madre. Su hermoso rostro nos decía a sus hijos y hermanos que no se decidía a dejarnos solos y que, a pesar del terrible dolor que se hacía evidente en su cuerpo débil y cansado, se aferraba al deseo de manifestarnos su amor como lo había hecho siempre. Cómo borrar de la memoria a los abuelos, a los tíos y a tantos amigos que se han ido despidiendo poco a poco, como si estuvieran ya aburridos de compartir los años felices, los momentos de crisis y desolación, los fracasos y los sueños para vivir la vida vivida intensamente.
  
   Los recuerdo constantemente y, sin dudar, daría mi vida por ver su rostro una vez más, pero esta súplica no obtiene jamás una respuesta. La terrible agonía de una cruel despedida que presagiaba que no los vería más, sigue haciendo daño come una herida putrefacta que no sana. Desde mi fe, comprendía que ellos tenían que morir algún día; pero aceptar que en poco tiempo quedaría destruido el cuerpo de quienes había amado tanto, iba mucho más allá de lo que podía soportar. Confieso que cuando he necesitado su consejo, sus regaños, su apoyo, he creído que en verdad han resucitado al sentir su presencia en signos y mociones espirituales. Cuando oro me persuado de que no están en un ataúd y mucho menos en una tumba fría, sola y triste en un frío, solitario y triste panteón. Ruego insistentemente al Señor resucitado que me dé la gracia para creer, desde lo más profundo de mí, que lo que yo recuerdo de ellos es solamente su cuerpo, su rostro, su voz, su olor, pues ellos son ahora algo mucho más y no se corromperán jamás.
  
   Ha sido en medio del dolor, desde lo inexplicable de su separación y del absurdo de la muerte cuando he comprendido que creer desde la noche oscura es parte de la vida. Sé que Dios no nos ama menos cuando nos atrevemos a creer que con su silencio no nos demuestra su amor sensiblemente. Es vivir en serio la misma experiencia del aparente abandono de Dios a su Hijo Jesús en la cruz. Es así que esta realidad me permite entender, no solo desde la estructurada y razonada certeza intelectual de mi fe, sino desde el corazón y las entrañas, que mis seres queridos viven, están con Dios y desde Él, como antes, mejor que nunca, están conmigo hasta que la muerte nos una más. Por eso me llena de tristeza que tanta gente visite los panteones en estos días, sin haber creído que sus seres queridos no están ahí, que Dios los ha ya resucitado. Me aterra imaginar que los siguen buscando desde la simple experiencia sentimental o desde la amarga costumbre de cumplir y así “estar con ellos” en los tristes panteones… aunque sea una vez al año.
  
   Cuando el enemigo se encarna en la horrenda tentación de imaginar sus cuerpos fríos o la angustia de contemplar su solitaria presencia en un panteón, compruebo que mi hambre de verlos, de abrazarlos y escucharlos, confirma una auténtica certeza: ¡están conmigo! Cuando la sed de ellos se hace más grande, vuelvo los ojos a Dios quien se los ha llevado y le ruego que me permita estar con ellos, aun cuando mi camino en esta vida no concluya todavía. Sé que desde allá -con Dios-, ellos me ven, me escuchan, me cuidan y me animan a dar sentido pleno a mi vida y para terminar la misión por la que ellos vivieron y me dieron la vida, su cariño y su amistad. Se profundiza mi convicción de que Dios, con su muerte, les dio vida y salvó su carne del gusano, del mal y la corrupción en esta tierra. Comprendo que morir es solo un momento y que para estar con ellos nuevamente, es necesario –primero-, que yo viva en plenitud, que rechace aun instintivamente la pequeñez y la mezquindad y sea –efectivamente- quien ellos quieren que sea.
  
   Cuando creo de verdad que aunque estén muertos, viven, Dios me da su paz, robustece la esperanza y hago mías las palabras de José Luis Martín Descalzo: “No me asusta ni el dolor ni la muerte, no me angustian ni las dificultades ni los fracasos. Me aterra solo la mediocridad, la estupidez, la cobardía de quienes se arrinconan en su propio corazón, mendigando piedad a los demás, cuando con su solo coraje podrían recibir la única limosna que verdaderamente cura”.

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