JAIME EMILIO GONZALEZ MAGAÑA // La esperanza de una sociedad mejor

Es muy probable que, como los discípulos antes de la Resurrección del Señor, estemos inmersos en el miedo y la duda ante el escándalo de una realidad que, lejos de mejorar, aparece cada vez más enigmática y complicada. Y cómo no hacerlo si constatamos que todo en nuestro derredor está lleno de violencia y corrupción. A pesar de este vergonzoso panorama, hay algunos signos de esperanza como el encuentro organizado por la Conferencia Episcopal Italiana el pasado lunes de Pascua, cuando el Santo Padre se dirigió a miles de adolescentes y jóvenes a la plaza de San Pedro, en Roma. Al inicio de su mensaje, Francisco afirmó: “Hace dos años, el 27 de marzo, vine aquí solo para presentar al Señor la súplica del mundo afectado por la pandemia… Han pasado dos años con la plaza vacía, y lo que le ha pasado a la plaza es lo que nos pasa a nosotros cuando ayunamos: tenemos ganas de comer y, cuando vamos a comer después del ayuno, comemos más; por eso se ha llenado más: ¡la plaza también ha sufrido el ayuno y ahora está llena contigo!”

            Visiblemente emocionado, el Papa enfatizó: “Jesús ha vencido la oscuridad de la muerte. Lamentablemente, las nubes que oscurecen nuestro tiempo siguen siendo espesas. Además de la pandemia, Europa vive una terrible guerra, mientras que las injusticias y la violencia que destruyen al hombre y al planeta continúan en tantas regiones de la tierra. A menudo es su propia gente la que paga el precio más alto: no sólo se compromete su existencia y se hace insegura, sino que se pisotean sus sueños de futuro. Muchos hermanos y hermanas siguen esperando la luz de la Pascua”. Subrayó que «no tienen la experiencia de los grandes, pero tienen el “olfato” del discípulo amado.  Después de la proclamación del Evangelio (Jn 21, 1-19) de la aparición del Resucitado a los discípulos en la barca, y en el que pregunta a Pedro, si le amaba, y le dijo “Sígueme”. “Hay momentos en los que la vida nos pone a prueba, en los que nos hace sentir nuestras debilidades y nos hace sentir desnudos, impotentes, solos».

            Añadió: “¿Cuántas veces en este período te has sentido solo, lejos de tus amigos? ¿Cuántas veces has tenido miedo? No te avergüences de decir: ¡tengo miedo! La oscuridad nos pone en crisis, sobre todo cuando levantamos nuestras redes y están vacías. Entonces no entendemos, nos preguntamos por qué… Pero después de la noche viene el día, siempre”. Les exhortó a ir al encuentro de Jesús Resucitado enfatizando que en ellos “está la inconsciencia de quien no se resigna al cálculo y se abre a la maravilla del encuentro. Detrás de cada regalo de la vida puedes reconocer a Aquél que lo da todo. ¡Levanten la mirada! Mira el rostro de Jesús. Y ayúdanos también a nosotros, los adultos, demasiado a menudo preocupados por los problemas, a descubrir su belleza”. Juan, el joven discípulo, impulsó al anciano discípulo Pedro a reconocer al Resucitado: “En cuanto Juan grita: «¡Es el Señor!», Pedro se ciñe y salta al agua.

            Este impulso inmediato por parte del apóstol más anciano, el que en las narraciones de los Evangelios recoge muchas malas impresiones, es conmovedor. Todo el amor generoso de Simón, conocido como Pedro, está en esa inmersión. Cuando Jesús había caído en el abismo de la pasión, Pedro había intentado salvarse, abandonando al Maestro a su suerte. Ahora, en cambio, se sumerge, ya no piensa en sí mismo sino sólo en Él, su Señor, y sólo quiere abrazarlo. Sumérgete, como Pedro, en el encuentro con Jesús. Tu corazón lo reconocerá”. Les dijo –además- que “son la esperanza de una sociedad mejor, de una Iglesia más viva, son el presente y el futuro. No tengan miedo de su juventud, no dejen que sus fragilidades los paralicen, no se resignen a la idea de ‘de todas formas no podemos hacer nada’. Todo el mundo puede y debe hacer su parte. La construcción de la paz inicia de la pequeñez de nuestras relaciones, del cuidado de los sentimientos que cultivamos en nuestro corazón, de la sensibilidad ante el sufrimiento que encontramos. La paz empieza en nosotros: piensa en esto cuando te enfades o discutas con alguien”.

            Al final, el Santo Padre recordó que el diálogo entre Pedro y Jesús terminó con una invitación: «¡Sígueme! “Jesús nos repite una y otra vez: «¡Sígueme!». No importa si somos grandes o pequeños, fuertes o débiles, si tenemos más victorias o más derrotas. Jesús sigue repitiendo a Pedro y a cada uno de nosotros: ¡Sígueme!».  El “Sígueme» de Jesús, “es una invitación al amor, una invitación a sentirlo en vuestro corazón, a dar lo mejor de ustedes mismos”.

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JAIME EMILIO GONZÁLEZ MAGAÑA

RP Jaime Emilio González Magaña, sacerdote jesuita que radica en Roma.

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