Quien se empeña en construir muros termina siendo esclavo de ellos

Elvy Monzant Arraga

Venezuela

Los pies de Noelia, Edwin, Carlos, John Jairo, Olivia, Miguel Ángel, José Manuel, Jackeline, Eva, así como los de millones de personas, están cansados de tanto andar y desandar los caminos de la migración en América Latina y El Caribe.

Son pies fuertes, ágiles, pero duelen, están heridos por kilómetros de carreteras, por los miedos, las frustraciones e incertidumbres que han marcado sus pasos desde que salieron del país que los vio nacer.

En nuestro continente presenciamos innumerables atentados contra la vida y la dignidad de las grandes mayorías. La miseria, el hambre, la violencia, la exclusión, el desempleo, la falta de oportunidades, particularmente para los jóvenes, junto con graves atentados contra la Casa Común, se convierten en fragantes negaciones al Plan de Dios.

Víctimas de esa violencia estructural millones de seres humanos se ven obligados a migrar en búsqueda de una vida mejor.

Según la IOM (International Organization for Migration) para el 2020 existían en el mundo 272 millones de migrantes. De ellos más de 26 millones son refugiados, la mitad menores de 18 años. Las cifras de migrantes se elevaron a más del doble entre 1960 y 2000.

No pocos “en el viaje hacia el sueño de un futuro mejor” mueren en las carreteras, en el desierto o en el mar.

Al respecto el papa Francisco subraya: “En nuestra época, los flujos migratorios están en continuo aumento en todas las áreas del planeta: refugiados y personas que escapan de su propia patria interpelan a cada uno y a las colectividades, desafiando el modo tradicional de vivir”.

La mayoría de los migrantes luchan por sobrevivir en condiciones de pobreza extrema, trabajando en la economía informal, más de 10 horas diarias, de lunes a domingo, por menos del sueldo mínimo.

Excluidos de sus derechos fundamentales a la salud, la educación, a una vivienda digna, quedan al margen, confinados a las periferias humanas y existenciales, desechados por la cultura del descarte.

A través de muy diversas formas de trata, seres humanos son convertidos en una mercancía, a la que se le pone precio y se oferta en el mercado.

No olvidemos que migrar es un derecho, pero que no te obliguen hacerlo también lo es.

Una familia común

El papa en la Fratelli Tutti afirma que “todo ser humano tiene derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente, y ese derecho básico no puede ser negado por ningún país. Lo tiene porque su inmensa dignidad como persona humana no se fundamenta en las circunstancias sino en el valor de su ser “(FT 107).

“Una tragedia global como la pandemia de Covid-19 despertó durante un tiempo la consciencia de ser una comunidad mundial que navega en una misma barca, donde el mal de uno perjudica a todos. Nadie se salva solo, únicamente es posible salvarse juntos” (FT 32).

Así como la Laudato Si nos hizo tomar conciencia de la importancia del cuidado de la Casa Común, la Fratelli Tutti nos convoca a sentirnos parte de una Familia Común. Todo está conectado, todos somos hermanos y hermanas.

Levantando Muros

En una sociedad donde predomina la cultura del descarte, los migrantes son considerados una amenaza.

La mayoría de los Estados en la Región han asumido la política de seguridad nacional, buscando impedir la entrada a los migrantes o deportarlos a sus países de origen.

“Tanto desde algunos regímenes políticos populistas como desde planteamientos económicos liberales, se sostiene que hay que evitar a toda costa la llegada de personas migrantes” (FT 37).

Prevalece “la tentación de hacer una cultura de muros, de levantar muros, muros en el corazón, muros en la tierra para evitar este encuentro con otras culturas, con otras personas” (FT 27).

 Algunos muros son de concreto, otros son intangibles como las visas imposibles de obtener o crear matrices de opinión acusando a los migrantes de ser causantes de los males sociales.

Todas estas son formas diversas de disfrazar que en realidad no desean que los migrantes pobres entren a sus países, porque los ricos, los políticos poderosos esos sí son acogidos.

Tristemente ha crecido la xenofobia: “Los migrantes no son considerados suficientemente dignos para participar en la vida social como cualquier otro, y se olvida que tienen la misma dignidad. Nunca se dirá que no son humanos, pero, en la práctica, con las decisiones y el modo de tratarlos, se expresa que se los considera menos valiosos, menos importantes, menos humanos” (FT 39).

Cuatro Verbos

La acción pastoral de la Iglesia latinoamericana en la atención a las personas en movilidad se enmarca en los Cuatro Verbos que el Papa Francisco propuso en el año 2018: Acoger, Proteger, Promover e Integrar.

Acoger implica: “ofrecer a los emigrantes y refugiados un alojamiento adecuado y decoroso”.

 Asimismo, urge “ampliar las posibilidades para que los emigrantes y refugiados puedan entrar de modo seguro y legal en los países de destino. En ese sentido, sería deseable un compromiso concreto para incrementar y simplificar la concesión de visados por motivos humanitarios y por reunificación familiar”.

 Ante los altos niveles de vulnerabilidad de los migrantes además de acogerlos debemos protegerlos.

Dice el Obispo de Roma: “El segundo verbo, proteger, se conjuga en toda una serie de acciones en defensa de los derechos y de la dignidad de los emigrantes y refugiados, independientemente de su estatus migratorio”.

Proteger exige un compromiso con la defensa de los Derechos Humanos de los Migrantes. No se trata de pedir limosnas o favores, se exigen derechos consagrados en las Constituciones Nacionales y en los tratados internacionales.

La principal vía para promover el desarrollo integral de los migrantes es favorecer el acceso al trabajo digno y bien remunerado.

“Hay que esforzarse en la promoción de la inserción socio-laboral de los emigrantes y refugiados, garantizando a todos la posibilidad de trabajar”.

El verbo integrar se pone en el plano de las oportunidades de enriquecimiento intercultural generadas por la presencia de los emigrantes y refugiados.

Considera el Papa Francisco que “la integración no es una asimilación, que induce a suprimir o a olvidar la propia identidad cultural. El contacto con el otro lleva, más bien, a descubrir su ‘secreto’ a abrirse a él para aceptar sus aspectos válidos y contribuir así a un conocimiento mayor de cada uno”.

Hay que “favorecer la cultura del encuentro, multiplicando las oportunidades de intercambio cultural, demostrando y difundiendo las «buenas prácticas» de integración, y desarrollando programas que preparen a las comunidades locales para los procesos integrativos”.

Tejiendo redes

En América Latina estamos tejiendo redes, que, desde la Espiritualidad de Comunión, nos ayudan a articular mejor los esfuerzos por promover el desarrollo humano integral.

La Red Latinoamericana y Caribeña de Migración, Refugio y Trata de Personas CLAMOR está integrada por organizaciones de la Iglesia católica que en el Continente trabajan en el campo de la Movilidad Humana.

En el año 2021 la Red CLAMOR publicó el Mapeo de las obras de la Iglesia Latinoamericana y Caribeña en favor de migrantes, refugiados y víctimas de trata, que sistematiza los servicios que prestan 633 obras, en 357 ciudades del Continente.

Son espacios de una Iglesia en salida misionera, hospital de campaña, pobre para por pobres, iglesia samaritana que cuida y defiende la vida.

Redes que se tejen con los hilos de la fraternidad y solidaridad, hechas por hombres y mujeres que construyen relaciones de equidad, en armonía con todo lo creado.

Porque anduve forastero

Todo migrante es mi hermano. En ellos debo reconocer a Cristo presente, saber que son camino para mi salvación o mi condena eterna. “Vengan benditos de mi parte, porque anduve forastero y me recibiste” (Mt 25, 31).

Con el profeta Isaías exclamamos: “Miren voy a hacer algo nuevo. ¿No lo notan? (Is 43,19). Y es ese nuevo mundo que está floreciendo a raíz del impacto de la migración en la sociedad contemporánea, la gran riqueza multicultural, con diversos rostros, colores, historias, tradiciones, sabores, danzas, aderezadas por el sueño de un mundo sin fronteras donde todos podamos llamar a Dios Padre, pero con la certeza de que vivimos como hermanos y hermanas.

Construir la fraternidad, la amistad social es una tarea ineludible para los discípulos misioneros de Jesús.

Se trata de derribar los muros que han levantado la cultura de la indiferencia y del descarte para edificar Puentes de Solidaridad.

Con Francisco en la Fratelli Tutti tenemos la certeza de que “Cualquiera que levante un muro, terminará siendo un esclavo dentro de los muros que ha construido, sin horizontes porque le falta la alteridad” (FT 27).

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