La invitación del único Rey verdadero

            El funeral de Isabel II siguió fielmente las tradiciones del servicio que simboliza el fin de un reinado. La Corona Imperial, el orbe y el cetro de la soberana fueron retirados por el joyero real de encima del féretro, separando a la reina de su corona por última vez. Al final del último himno, el nuevo rey depositó sobre el ataúd la bandera de la Guardia Granadera (la más veterana de la Guardia de Infantería responsable de los deberes ceremoniales para el monarca). A su vez, el Lord Chambelán -uno de los cargos más importantes en materia de Estado-, rompió su bastón de mando, y también lo depositó sobre el féretro. El chasquido del bastón blanco marcó el final del reinado de la difunta. Mientras el ataúd era descendido a la bóveda real, el Canciller de la Nobilísima Orden de la Jarretera (The Most Noble Order of the Garter), la Orden de Caballería más importante y antigua del Reino Unido, fundada en 1348 por el rey Eduardo III, leyó todos los títulos que ostentaba la reina. ¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad! pues la realidad es que Isabel II quedó sepultada como tantos que mueren todos los días y, como ellos, ha tenido que presentarse ante el único y verdadero Rey para darle cuentas de su vida y acciones.

            Creo que estos acontecimientos nos pueden ayudar a reflexionar sobre la invitación que nos hace el único Rey, Absoluto y Soberano que es el Señor, Dios Eterno. Y esta llamada no trata de ambicionar los lujos, las joyas de la corona y el cetro o la veneración que ha recibido una mujer sino de la invitación a la santidad y a la vida plena. Obviamente, ésta no es ni tan aparatosa ni tiene mucha respuesta porque va dirigida a nuestra conciencia y no ofrece la fascinación del poder sino el desafío de dar la vida mediante un servicio humilde a quienes más nos necesitan. En la Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate el santo padre Francisco sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, hace un «llamamiento» universal a la santidad, a la alegría del amor. Para el Papa, “universal” no quiere decir “en general”, quiere decir a todos, pero tomado cada uno en concreto, con nombre y punto en el que se encuentra en el camino de su vida.

            Y «alegría» del amor, no es la alegría como estado de ánimo pasajero, sino la alegría inmediata y duradera que sólo Cristo encarnado, muerto y resucitado puede dar. Es la alegría de poder amar en el contexto actual, en toda situación. El llamado es al «en todo amar y servir» que menciona San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales y a la contemplación para «alcanzar amor», aquí y a partir de ahora [EE 233-234]. Este llamamiento tiene su meditación propia: la del rey temporal que ayuda a contemplar al Rey Eternal [EE 91-99]. El Papa desea que «vuelva a resonar el llamamiento». Y califica de «humilde objetivo» esto de que el llamado resuene. Humilde y potente en sentido evangélico: como la levadura que fermenta toda la masa. El llamamiento de Jesús cuando dice ¡El reino de los cielos está cerca, crean y conviértanse! es el punto de partida real de todo lo demás que Él quiere hacer. Es de Dios y no falla porque es auténtico, suscita la fe, la esperanza y el amor en nosotros si queremos dar una respuesta pronta y generosa.

            Si nos fijamos en el actuar conjunto del Padre y Jesús, constatamos que el Padre confía toda la actuación en manos de su Hijo. Y cuando interviene, con majestad soberana, es para manifestar su agrado y predilección por Jesús. Su único mandamiento es que «escuchemos a su Hijo amado». Eso basta. ¿Por qué basta escucharlo? Por qué Jesús no solo dice cosas, Él es la Palabra en la que fuimos creados. Escucharlo a Él exteriormente -en el Evangelio- es escucharlo en el interior de nuestro corazón, en las fibras de nuestro ADN. Es tan familiar la voz de nuestro Pastor, que al reconocerla, nuestro corazón no puede no seguirlo. Es tan verdadero su mensaje, tan claro y posible de realizar y de cumplir lo que nos manda y aconseja, que si «no somos sordos a su llamamiento» seguramente lo podremos seguir y hacer todo lo que Él nos diga. Cuando en el Padre nuestro decimos «hágase tu voluntad», no siempre pensamos en esto: que la voluntad del Padre se contiene entera en que escuchemos a Jesús.  Pareciera un trámite y sin embargo es todo lo contrario. Lo que hace el Padre es abrirnos el espacio infinito de la oración como «escuchar a Jesús». Que el Creador, el Omnipotente, el Misericordioso, el Más Grande, nos dé a conocer su Voluntad en un solo mandamiento es algo digno de atención porque cuando uno dice a otro «escucha», lo que le está diciendo es «escucha bien». Sin el ruido de los prejuicios, sin la sordera del juicio apresurado, lo que le agrada al Padre es que el llamado de Jesús pueda resonar libre de interferencias para así poder suscitar en nosotros la fe, la esperanza y el amor que tanto necesitamos.

P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.

Domingo 2 de octubre de 2022.

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JAIME EMILIO GONZÁLEZ MAGAÑA

RP Jaime Emilio González Magaña, sacerdote jesuita que radica en Roma.

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