Sólo de pan muere el hombre

Magdalena M. Holztrattner
Austria

La teóloga alemana Dorothee Sölle indica con esta cita que la mirada exclusiva a las cosas materiales y exteriores amenaza hasta la vida misma. “¡Más y más!” poseer más de lo necesario parece ser la suerte más grande a la que se pueda aspirar de la vida, según pretenden hacernos creer constantemente los medios de información. Esa creencia no sólo se reduce a los bienes materiales: artículos de consumo, ropa, dinero, inmuebles, entre otros, sino también a acciones que permiten crear la sensación de poseer otra clase de cosas como: más “likes” en facebook e instagram y otras redes sociales. Poseemos cosas que no necesitamos, y en mucha cantidad. Queremos tener más, pero no ser mejores: nos preocupamos más del exterior y menos de la formación del corazón y de la personalidad. Las acciones y omisiones que llevan a la acumulación infinita ponen en peligro la vida del planeta, incluida la humana.

Tal como plantea Sölle, quien cuantitativamente quiere tener más y más, tiende a olvidarse de la calidad: Quien solamente ve “pan”, pasa por encima de la dimensión espiritual del alimento. Pero, ¿a qué nos referimos con alimento espiritual? La espiritualidad comprende la interconexión entre los seres humanos con todo lo vivo. Es decir, se refiere a la noción de trascendencia del ser humano y por tanto a un elemento vital en los ámbitos donde este se desarrolla. Las personas espirituales se saben vinculadas con la hermandad humana, con los animales, las plantas, con nuestra Madre Tierra, la Pachamama, y con un TÚ divino. La incorporación de la dimensión espiritual en la práctica cotidiana de nuestra sociedad es un reto para ser resilientes. Las personas necesitamos aprender a pensar con el corazón y sentir con la cabeza.

El papa Francisco en su encíclica “Laudato si” subraya la interconexión de todos los seres: “Todo está conectado.” (LS 91). Esta comprensión espiritual anima a las personas a reconocer y aprovechar su margen de maniobra. Algunos tienen un margen más grande, otros uno más pequeño. Pero todas son llamadas a sacar provecho de este margen de maniobra de manera responsable –para facilitar la buena vida para todas/os-. Quizás no podrán salvar el mundo de golpe – pero pueden dar su aporte para hacer el mundo más digno de vivir en un ámbito pequeño-. Quizás no pueden realizar obras grandes – pero cada una puede entrar en diálogo, también con aquellas que tienen una opinión contraria-.

Pero, ¿qué es lo que sirve de apoyo en situaciones de contradicciones, de crisis o transformaciones grandes? ¿Qué hace falta para desarrollar resiliencia frente a un mundo cada vez más desafiante? La comprensión espiritual de que todo está conectado abre espacio a la pregunta del último apoyo: ¿Qué es lo que me acoge en caso que caiga?, ¿En qué echo el ancla en caso de un terremoto interno?, ¿Qué me sirve de apoyo cuando la tormenta me pasa por encima?, ¿Qué es lo que me sirve de suelo para echar raíces para poder resistir?, ¿Qué me apoya cuando todas las seguridades externas se derrumban?

Para muchas personas el suelo que les apoya son las relaciones sólidas, para otras, el ancla estable es el saber profundo de ser amadas – también de saber amarse sanamente a sí mismas. Para muchas otras es la confianza en un divino TÚ que les acoge también en situaciones de inundaciones.

“Sólo de pan muere el hombre.” Aquél que ve un índice espiritual de dicha interconexión con todos los seres humanos, con las plantas, los animales y nuestra Pachamama, hasta con la fuerza creadora divina, es aquél quien siente en un pan también la vida, el trabajo y el amor de otros seres como dimensión espiritual del alimento. Todo está conectado: en la vitalidad que sobrepasa todo bien material; en una interconexión que sirve de apoyo; en un amor que empodera a personas de hacer algo para realizar un poco más la buena vida para todas las formas de vida. Ese es el amor resiliente, como el que han practicado grandes seres humanos.

“Al final de mi camino me preguntarán: ¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir una palabra, abriré mi corazón lleno de nombres” Pedro Casaldáliga.

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