FRANCISCO MARTÍNEZ G. // Temporada anticorrupción (I)

         Al cambio por el cual se destruye una substancia, se le llama corrupción. En consonancia con su etimología: cum y rumpo = ‘rompo a un tiempo’, este término refiere la disgregación o ruptura de un elemento compuesto. Lo que implica un cambio de una forma de ser a su negación misma: la muerte, por ejemplo, de un ser vivo, que no es otra cosa sino su corrupción substancial. En el aspecto social, corrupción apunta a desórdenes de la conducta humana en cuanto disgregan su sentido de comunidad.

En ese sentido hablamos de corrupción política, religiosa, administrativa, etc. Bajo la óptica moral, corrupción implica cualquier desorden que contravenga la voluntad del Creador. Su nombre es pecado y múltiple su modalidad: soborno, seducción, mentira, depravación… En todos los casos se trata de un fenómeno que no se puede ocultar, porque tarde o temprano apesta.

         Cayendo en sus propias trampas, el hombre no deja de contravenir a la naturaleza y en vez de combatir la corrupción se empeña en taparla. Se vale de los desodorantes y de los perfumes, que no de un buen baño. Que reptan por ahí sin duda alguna, por ejemplo, los delitos de cuello blanco. Tal es el caso de muchas personas respetables por su roll y su status elevado, que en el curso de su desempeño violan la confianza que se les hubo depositado. A cambio de un plato de lentejas: enriquecimiento ilícito, encubrimiento de delitos, ascenso al cargo anhelado.

De hecho, los principales infractores consiguen permanecer en segundo plano, de modo que, como una sombra, su corrupción les acompaña, en tanto sale a la luz la de sus subordinados. A lo que hay que sumar otro fenómeno: para parar la corrupción, un pueblo podrá cesar funcionarios y hasta cortar de tajo algún sistema político; sólo que, cercenar sus raíces, es otra cosa.

La Iglesia -las iglesias- tienen ciertas áreas y, por desgracia, también algunos miembros, que por mucho que se encubran, tarde que temprano apestan. La historia registra casos de simonía o concesión de puestos eclesiásticos a cambio de impunidad o de riquezas materiales. A la par que en los delitos de cuello blanco, rara vez los verdaderos culpables son descubiertos y, mucho menos, castigados…

Deja un comentario

FRANCISCO MARTÍNEZ GARCIÁN

Estudió Filosofía y Teología, en el Seminario Diocesano de Zamora, Historia en la Normal Superior Nueva Galicia de Guadalajara y fundador de la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán.

Gracias por visitarnos