Francisco Martínez  // EL SONIDO DE DIOS (I)

         Mi primer encuentro con la música clásica sucedió cuando apenas sumaba mis primeros cinco años. Un tío mío me llevó a una función de la compañía Rossette Aranda. En el escenario, una gran orquesta, compuesta totalmente de títeres, interpretó el Bolero de Ravel. Esa música, repetitiva, cadenciosa, en un crescendo continuo me dejó impactado.

         Cumplidos mis doce años, dejando mi casa, entré al Seminario. La disciplina, el estudio, el reglamento, en vez de agobiarme, me hizo recordar la coordinación perfecta de aquel conjunto orquestal. Y si bien en mi entorno familiar mi padre ya nos había acercado a los grandes compositores, en el Seminario también hubo la oportunidad de escuchar sus composiciones.

         Fue en ese mi primer año de Seminario que, ahorrando lo poco que me daban, pude comprar mi primer LP: la Sinfonía N° 5 de Tchaikosky, dirigida por Sir Adrian Boult. Hubieron de transcurrir más de 12 años, cuando terminados mis estudios y estando ya en Patamban, me hice de un tocadiscos para poder escucharlo.

         A la fecha, más de 50 años después, las obras de los grandes compositores forman parte de mi vida: Dufay, Machaut, Palestrina, Cavalli, Lully, Monteverdi, Bach, Buxtehude, Handel, Vivaldi, Pergolesi, Beethoven, Gluck, Haydn, Mozart, Boccherini, Hummel, Berlioz, Chopin, Lizt, Mendelssohn, Mussorgsky, Schubert, Verdi, Wagner, Weber, Mahler, Bruckner, Schoemberg, Bartók, Britten, Copland, Ligeti, Stravinsky, Varése…

         Mas, esperen, a propósito de Bruckner, un día, hará más o menos unos 30 años, me encontré con una enorme, densa y extensa sinfonía. Mi fe, que mi racionalismo trasnochado siempre ha cuestionado, topó en el Adagio de su tercer movimiento: Feierlich langasam; doch nicht schleppend, un mundo espiritual, trascendental, imbuido del sonido de Dios. Tanto, que trajo a mi memoria las palabras del Cardenal Newman: “el hombre no es sólo un animal racional, sino un animal que siente, imagina, se conmueve”. 

         Fue entonces que me di cuenta que mi problema de fe no yacía en mi racionalismo, sino en mi petulancia. Que Bruckner, compositor egregio, católico ferviente, quien por cierto dedicara su última sinfonía “al querido Dios”, anticipó el postulado de Newman: “en materia de fe no es la razón sino la imaginación lo que cuenta”.

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FRANCISCO MARTÍNEZ GARCIÁN

Estudió Filosofía y Teología, en el Seminario Diocesano de Zamora, Historia en la Normal Superior Nueva Galicia de Guadalajara y fundador de la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán.

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