JEAN MEYER // Semana Santa

Los que pueden van a la playa, es una costumbre antigua; hay otros que les encanta prender incendios por todos lados, en nombre de una costumbre milenaria condenada hace mucho por los agrónomos; la novedad es que en viernes santo abren las taquerías y sirven carne. Eso sí, en muchos pueblos, a lo largo de la semana hay procesiones y más procesiones de las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche, con todo, centuriones y fariseos. En algunos, no han olvidado la Judea y en muchos sigue el Vía Crucis, la quema de judas, el repique de campanas el domingo de resurrección.

Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado… Ha sido condenado por Poncio Pilato. Este año, un amigo nuestro tiene en Malinalco el papel del procurador romano y le ha costado aprenderse a la perfección sus parlamentos, después de años de preparación. El historiador puede decir que Poncio no se lavó las manos después de haber condenado a Jesús. Ese rito de purificación que se cumple después de un sacrificio no tiene nada de romano; los evangelios nos engañan, pero no importa: Poncio Pilato existió como lo confirma la última prueba arqueológica encontrada en el sitio del teatro de Cesárea. Una estela lleva su nombre en la dedicatoria del edificio levantado en honor del emperador Tiberio: Lucius Pontius Pilatus, llegado en 26 a Palestina.

¿Qué es la verdad? (Juan 18, 38). El evangelio asume, sin buscarlo, una elegancia de espíritu y de estilo sorprendente. El corto intercambio entre el funcionario imperial y el que los grandes sacerdotes consideran como un vagabundo impío, Jesús el nazareno, es impactante. “La verdad” es el punto por donde debería pasar la comunicación, pero que marca la separación entre la verdad según el mundo y la otra verdad. A Poncio Pilato no lo veo como el cobarde que huye de sus responsabilidades y entrega a Jesús para evitar un motín que afectaría su carrera. Siento la tristeza en su pregunta que va más allá del hombre que le han traído las autoridades religiosas judías. Poco le faltó para decir como el Eclesiastés que Poncio no ha leído: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. En la Edad Media, ciertos comentaristas encontraron que lo dicho en latín ¿Quid est veritas? Da en anagrama Est vir qui adest, “es el hombre que está en frente”, simpático juego de palabras. Es el único diálogo conocido entre Jesús y un representante del imperio romano.

El sacerdote ortodoxo Cirilo Argenti nos dijo, hace muchos, muchos años, un domingo de Resurrección: “Hoy estamos en la alegría, porque contemplamos la Resurrección de Cristo. Lo que era el objeto de nuestros miedos y de nuestros temores, la muerte, ha sido vencida. Ya no hay muerte porque Cristo ha resucitado. Ya no hay pecado porque Cristo nos ha perdonado. Ya no hay tristeza porque el Dios vivo está en medio de nosotros”. Durante los cincuenta días que van de Pascua a Pentecostés, los ortodoxos se saludan con las palabras “¡Cristo ha resucitado!” a las cuales contestan “¡En verdad, ha resucitado!”. Pablo de Tarso, el antiguo Saúl, perseguidor de cristianos, dijo a los cristianos de Corinto, en el año 56 o 58, que unas quinientas personas, en su mayoría vivas todavía, habían visto, escuchado, tocado el cuerpo de Cristo resucitado.

Lo cierto es que, históricamente, el reino de Dios irrumpió hace dos mil años en la historia de los hombres y no ha terminado de hacer sentir sus efectos. El incendio que prendió, un fuego no catastrófico como el de los pirómanos el  de los guerreros, sigue recorriendo el mundo; se apaga en un lado para surgir en otro. Por eso Pascua es la fiesta de la esperanza. En tiempos de Moisés, en la noche de Pessah/Pascua, de la salida de Egipto, los hijos de los judíos fueron salvados. La celebración de Pessah, es conmemoración del final de la esclavitud; la de Pascua nos dice que Cristo, muerto y resucitado, nos hace pasar de la esclavitud del pecado a la libertad del Reyno. ¿Cómo celebraron, celebran hoy esas dos fiestas en Israel y en Palestina?

Jean Meyer, historiador en el CIDE

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JEAN MEYER

Dr. Jean Meyer. Francés nacionalizado mexicano. Historiador. Licenciado en grado de doctor por la Universidad de la Sorbona. Profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) donde además fundó y dirigió la División de Historia.

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