Caprichos que solo traen corrupción, violencia y miseria

P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.

En el proceso de los Ejercicios Espirituales y en uno de sus momentos más decisivos, San Ignacio de Loyola, nos propone la meditación de «Las dos banderas», quizá la más original, escrita en su proceso de conversón, en Manresa. Se trata de un momento central de la experiencia espiritual en el que el ejercitante se dispone a «hacer elección», «para considerar estados». ¿En qué consiste esta meditación? Se nos invita a caer en la cuenta que todos los hombres nos caracterizamos por nuestras opciones y criterios cuando tenemos que hacer elecciones importantes en nuestra vida. O bien, estamos incondicionalmente a favor del hombre -como Jesús-, y nos convertimos así en hijos de Dios; o bien, nos definimos en contra del hombre, como los fariseos y los doctores de la ley, y nos convertimos en seguidores del mal. Cualquiera que sea la opción de cada uno de nosotros, ésta revela nuestra forma de proceder, de actuar y nuestra manera de vivir, que va más allá de lo que las palabras afirman y suponen pues es la expresión de nuestros más íntimos deseos.

Otra forma de decirlo sería: o se es leal al Señor Jesús y sus criterios y -como Él-, se está dispuesto a sacrificarlo todo -incluso la propia vida-, por el bien del hombre, o se es leal a un sistema social que favorece el mal y, sin darnos casi cuenta, se acaba siendo su cómplice al sacrificar al hombre en pos de la fama, el prestigio, el poder y la posición, a costa de todo y de todos. Se trata de clarificar dos proyectos distintos, dos modos de elegir radicalmente opuestos y que producen frutos diferentes. En primer lugar [140], se propone considerar cómo se presenta “la bandera del líder enemigo” en la figura de satanás, un personaje que siempre crea problemas. Es interesante observar que la imagen grotesca con que lo han revestido poetas y pintores, lo ha alterado por completo, lo ha convertido en un personaje de cuento de hadas y esto ha facilitado que no lo sepamos ver, aun cuando lo tenemos delante en formas muy reales y concretas. Los predicadores y la piedad popular también hemos tenido una enorme responsabilidad.

Hay católicos -y sacerdotes- que no creen en el diablo, pero Jesús claro que creía en él. Santa Teresa de Ávila lo llamaba «ese pobre infeliz que no puede amar». Georges Bernanos, novelista, ensayista y dramaturgo francés, al final de la Segunda Guerra Mundial preguntó a su amigo André Malraux, también francés, novelista, aventurero y político ateo, cuál era el acontecimiento más importante de aquel momento y su respuesta fue completamente inesperada ya que afirmó: «“el regreso de satán”. El diablo se sienta siempre en la cátedra más importante de un país, le gusta vivir en los palacios más ricos y ostentosos, ama profundamente los símbolos del poder y su carta de presentación es el grotesco orgulloso con el que desprecia a todos aquellos que lo contradicen, sin permitir ser cuestionado jamás. Hace creer que su sabiduría se la ha dado el pueblo sencillo que, para él, es siempre bueno. Sin embargo, todas sus expresiones y sus poses, denotan que es un saber orgulloso, que nace del orgullo y se difunde, sobre todo, a través del orgullo y sin ninguna consideración y respeto a los demás, especialmente de los más débiles. Habla de estar a favor de los más pobres, pero los usa en beneficio propio. 

Su conocimiento de la realidad es absolutamente egoísta y sus dichos son como el fuego (cambio constante de estado de ánimo y continua contradicción: no lo he dicho y si lo he dicho, no me acuerdo). La profusión del humo se percibe en los ataques violentos a lo que él llama sus adversarios (ambigüedad, confusión lingüística, risas absurdas…). ¡Qué profundo es todo esto! ¡Parece tan claro, pero nadie parece darse cuenta! Su estrategia es contagiar un terror manipulado que, en el fondo es su proprio pánico de que no sea ya considerado como uno de los mesías sagrados de la cultura mundana, liberador de los oprimidos, encarnación de sus sueños, burda fábula de revoluciones radicales de una sociedad que, finalmente, será salvada». San Ignacio [141] añade que el diablo convoca a innumerables demonios y su estrategia se basa en una lucha despiadada e implacable. Adiestra para “su” batalla que se libra, sobre todo, en el mundo invisible de las ideologías, en una seducción generalizada que contamina por todas partes. Moviéndose desde una dimensión invisible, sus huestes influyen en la imaginación, la memoria, la fantasía y se esfuerzan por todos los medios en seducir al hombre para convertirlo en seguidor sumiso y obediente, sin personalidad propia, sin ninguna posibilidad de disentir.

         Sus caprichos -incuestionables-, los esparce en todos los ámbitos y su estrategia es siempre la misma. Tiende a la absolutización de sus leyes, se aferra al poder y a las estructuras sociales y políticas para garantizar su propia seguridad y beneficio. Se acentúa un culto vacío a la personalidad, sin sentido, desvinculado del servicio, de la caridad y de la fraternidad. Se enfatiza el prestigio, la demostración de un poder que lo hace superior, con muestras de espectacularidad, de triunfalismo basado en ideologías de todo tipo. La bandera del demonio puede resumirse con las tentaciones de Jesús en el desierto, especialmente en la tercera, es decir, el deseo de ganar el mundo entero, la codicia de riquezas, poder, imagen y prestigio, en los que se ostenta su seguridad personal. Caprichos que solo traen corrupción, violencia y miseria.

Domingo 12 de mayo de 2014.

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