¿De qué depende el éxito de un matrimonio? El Papa Francisco responde

Discurso a los responsables internacionales del Movimiento Equipes Notre-Dame

(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano).- Por la mañana del sábado 4 de mayo, el Papa Francisco recibió en audiencia a los responsables internacionales del Movimiento Equipes Notre-Dame. Se trata de un movimiento de la Iglesia católica que reúne a parejas casadas que desean experimentar plenamente las riquezas de su sacramento del matrimonio. Los Equipos de Notre-Dame fueron reconocidos por la Asociación Católica Internacional del Vaticano en 1975 y por la Asociación Privada Internacional de Fieles en 2002. Ofrecemos una traducción al español del discurso del Papa. La traducción es nuestra.

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Estoy encantado de encontrarme con vosotros, responsables internacionales del Movimiento de los Equipos de Nuestra Señora. Gracias por haber venido y, sobre todo, gracias por vuestro compromiso en favor de las familias.

Sois un movimiento en crecimiento: miles de Equipos repartidos por todo el mundo, muchas familias que intentan vivir el matrimonio cristiano como un don.

La familia cristiana atraviesa una verdadera «tormenta cultural» en esta época de cambio y se ve amenazada y tentada en muchos frentes. Vuestra labor, por tanto, es valiosa para la Iglesia. Acompañáis de cerca a los matrimonios para que no se sientan solos en las dificultades de la vida y en su relación conyugal. De este modo, sois expresión de la Iglesia «en salida», cercana a las situaciones y a los problemas de la gente y comprometida sin reservas con el bien de las familias de hoy y de mañana.

Acompañar a los matrimonios es hoy una verdadera misión. En efecto, salvaguardar el matrimonio significa salvaguardar toda una familia, significa salvar todas las relaciones que se generan en el matrimonio: el amor entre los esposos, entre padres e hijos, entre abuelos y nietos; significa salvar ese testimonio de un amor posible y para siempre, en el que a los jóvenes les cuesta creer. Los niños, en efecto, necesitan recibir de sus padres la certeza de que Dios los ha creado por amor, y que un día también ellos podrán amar y sentirse amados como mamá y papá. Tengan la certeza de que la semilla del amor, depositada en sus corazones por sus padres, brotará tarde o temprano.

Veo hoy una gran urgencia: ayudar a los jóvenes a descubrir que el matrimonio cristiano es una vocación, una llamada específica que Dios dirige a un hombre y a una mujer para que puedan realizarse plenamente siendo generadores, convirtiéndose en padre y madre, y llevando al mundo la Gracia de su Sacramento. Esta Gracia es el amor de Cristo unido al de la pareja, su presencia entre ellos, es la fidelidad de Dios a su amor: es Él quien les da la fuerza para crecer juntos cada día y permanecer unidos.

Hoy se piensa que el éxito de un matrimonio depende sólo de la fuerza de voluntad de las personas. No es así. Si así fuera, sería una carga, un yugo colocado sobre los hombros de dos pobres criaturas. El matrimonio, en cambio, es un «paso a tres», en el que la presencia de Cristo entre los novios hace posible el camino, y el yugo se transforma en un juego de miradas: una mirada entre los novios, una mirada entre los novios y Cristo. Es un juego que dura toda la vida, en el que se gana juntos si se cuida la relación, si se atesora como un tesoro precioso, ayudándose mutuamente a cruzar cada día, incluso en la vida matrimonial, esa pasarela que es Cristo. Él lo dijo: «Yo soy la puerta: el que entre por mí, se salvará» (Jn 10,9). Y hablando de miradas, una vez, en una Audiencia General, había una pareja, casada desde hacía 60 años, ella tenía 18 cuando se casó y él 21. Así que tenían 78 y 81 años. Y pregunté: «Y ahora, ¿os seguís queriendo?». Y ellos se miraron y luego vinieron hacia mí, con lágrimas en los ojos: «¡Nos seguimos queriendo!». ¡Qué bonito!

Por ello, quisiera dejarles dos breves reflexiones: la primera se refiere a los recién casados. ¡Cuidad de ellos! Es importante que los recién casados vivan una mistagogía nupcial, que les ayude a experimentar la belleza de su Sacramento y una espiritualidad de pareja. En los primeros años de matrimonio, es especialmente necesario descubrir la fe en la pareja, saborearla, saborearla aprendiendo a rezar juntos. Son tantos los que hoy se casan sin comprender qué tiene que ver la fe con su vida matrimonial, tal vez porque nadie les dio testimonio antes del matrimonio. Os invito a ayudarles con un camino -digamos- «catecumenal» de redescubrimiento de la fe, personal y de pareja, para que desde el principio aprendan a hacer sitio a Jesús y, con Él, puedan cuidar su matrimonio.

Vuestro trabajo junto a los sacerdotes, en este sentido, es precioso; podéis hacer mucho en las parroquias y en las comunidades, abriéndoos a la acogida de las familias más jóvenes. Hay que recomenzar desde las nuevas generaciones para hacer fecunda la Iglesia: generar muchas pequeñas Iglesias domésticas donde se viva un estilo de vida cristiano, donde nos sintamos familiarizados con Jesús, donde aprendamos a escuchar a los que nos rodean como Jesús nos escucha a nosotros. Vosotros podéis ser como llamas que encienden otras llamas a la fe, especialmente entre los matrimonios más jóvenes: no dejéis que acumulen sufrimientos y heridas en la soledad de sus hogares. Ayudadles a descubrir el oxígeno de la fe con suavidad, con paciencia y confianza en la acción del Espíritu Santo.

La segunda reflexión es sobre la importancia de la corresponsabilidad entre cónyuges y sacerdotes dentro de vuestro movimiento. Habéis comprendido y vivís concretamente la complementariedad de las dos vocaciones: os animo a llevarla a las parroquias, para que laicos y sacerdotes descubran su riqueza y su necesidad. Esto ayuda a superar ese clericalismo que hace poco fecunda a la Iglesia -¡cuidado con el clericalismo! -; y esto ayudará también a los esposos a descubrir que, a través del matrimonio, están llamados a una misión. En efecto, también ellos tienen el don y la responsabilidad de construir, junto con los ministros ordenados, la comunidad eclesial.

Sin comunidades cristianas, las familias se sienten solas, ¡y la soledad duele tanto!

Con vuestro carisma, podéis convertiros en ayudantes atentos de los necesitados, de los que están solos, de los que tienen problemas en sus familias y no saben con quién hablar porque tienen vergüenza o han perdido la esperanza. En vuestras diócesis, podéis hacer comprender a las familias la importancia de ayudarse mutuamente y de trabajar en red; construir comunidades donde Cristo pueda «habitar» en los hogares y en las relaciones familiares.

Queridos hermanos y hermanas, el próximo mes de julio tendréis vuestro Encuentro Internacional en Turín. En medio del camino sinodal que estamos viviendo, que sea también para vosotros un tiempo de escucha del Espíritu y de planificación fecunda para el Reino de Dios.

Confiamos vuestra misión y todas vuestras familias a la Virgen María, para que os proteja, os mantenga firmes en Cristo y os haga siempre testigos de su amor. En este año dedicado a la oración, que descubráis y redescubráis la alegría de orar, de orar juntos en casa, con sencillez y en la vida cotidiana. Esta vez no diré nada de las suegras, ¡porque aquí las hay! Os bendigo de corazón. Y os pido por favor que recéis por mí. Gracias.

Traducción del original en lengua italiana realizada por el director editorial de ZENIT.


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