P. Jaime Emilio González Magaña, S. I. // UNA PERSONA VIRTUOSA DA LO MEJOR DE SÍ MISMA

En una sociedad como la nuestra en la que vivimos como esclavos de las redes sociales y los medios modernos de comunicación, ¿vale la pena reflexionar sobre el sentido de vivir nuestra fe cristiana con una actitud que va mucho más allá de la participación más o menos estable en un simple culto? ¿Queremos tener el valor de vivir realmente desde una actitud de cristianos inconformes con una vida mediocre y sin retos verdaderamente significativos que humanizen nuestro ser y actuar?  ¿Estamos dispuestos a fundamentar nuestras opciones desde las virtudes del cristiano vigilante? Más aún, ¿qué significa hablar de virtudes? ¿Qué quiere decir la virtud del cristiano vigilante? La Iglesia afirma: «La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a una persona, no sólo realizar buenas acciones, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus energías sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende al bien; lo busca y lo elige en las acciones concretas. Virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1803).

Esta definición es muy práctica ya que nos permite entender que la virtud es una disposición firme a hacer el bien. No es lo mismo «hacer o realizar» un acto de forma «puntual”, que hacerlo de forma «habitual». Por ejemplo, no es una virtud que una persona que de una forma puntual dé una limosna, pero habitualmente no es generosa; esa no es una apersona virtuosa. No es lo mismo ser humilde de una manera cotidiana, que serlo en una ocasión concreta y haber hecho un acto que hasta puede ser considerado una “humillación”. Es necesario que tengamos una «disposición habitual a hacer el bien». Con el término «virtud» nos referimos, por tanto, a actitudes habituales, no ocasionales, que, en su conjunto, describen una imagen de hombre o mujer redimidos por Jesús y que actúan eficazmente en la historia. Veamos ahora lo que nos dice el n. 1810 del Catecismo: «Las virtudes humanas adquiridas mediante la educación, mediante actos deliberados, y una perseverancia, mantenida siempre en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia divina. Con la ayuda de Dios forjan el carácter y dan soltura en la práctica del bien. El hombre virtuoso es feliz al practicarlas».

Se nos mencionan cuatro formas de adquirir las virtudes humanas: 1. Por la educación. 2. Mediante actos deliberados. 3. Por la perseverancia. 4. En el esfuerzo. Si atendemos el primer punto, reconocemos que hay muchas virtudes que ya las tenemos, pero no nos damos cuenta ya que han sido interiorizadas gracias a la educación que hemos recibido. Eso es un gran mérito de nuestros padres y de los buenos educadores; que de una forma «espontanea, connatural», como si eso fuese lo lógico; nos han infundido en la educación una serie de virtudes; que uno llega a pensar que lo normal es que «las tuviese todo el mundo». Además, uno se sorprende mucho cuando encuentra a alguien que no las tiene. Haber sido educados en una familia cristiana es un don muy grande pues realmente hemos sido unos privilegiados y mimados por el Señor por el modo como hemos sido formados. No se trata de haber recibido una educación más o menos exquisita o sofisticada. No. Simplemente que nuestros padres y profesores nos hayan inculcado los más elementales valores que hoy se dan por descontados y a nadie le interesa observalos y mucho menos promoverlos.

Cuando hablamos de virtudes, hacemos referencia, simple y llanamente, a aquellas actitudes que podemos tener (nosotros u otras personas) de no «matarse por ocupar un sitio privilegiado”, por ejemplo, no buscar los mejores lugares en una reunión o en una fiesta, el respetar la fila, el saludar cuando encontramos otra persona, el agradecer, el darle su lugar a personas mayores, etc. Hoy nos puede parecer una tontería, pero dice mucho de la educación que hemos recibido. Cada vez es más frecuente constatar que lo que puede ser para nosotros una actitud natural, para otros puede ser una actitud casi «heroica». La educación cristiana hace que los valores del evangelio no resulten extraños a la persona pues es normal que las virtudes sean una manifestación de la gracia divina. Por ejemplo, si un joven recibe una educación basada en el libertinaje, cuando escuche los valores del evangelio le pueden parecer como algo «extraterrestre». Por eso hoy es tan difícil hablar de castidad, de caridad, de verdad, de respeto, de fidelidad, de sacrificio y lealtad, etc.». ¡Sin las virtudes todo es inalcanzable e imposible!

Domingo 7 de julio de 2024

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JAIME EMILIO GONZÁLEZ MAGAÑA

RP Jaime Emilio González Magaña, sacerdote jesuita que radica en Roma.

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