El milagro del amor

P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.

Cuando vivimos inmersos en la violencia y la mentira y todo indica que nuestra sociedad ya se ha habituado a la corrupción y la impunidad y se rige sólo por criterios mundanos, corremos el riesgo de perder la esperanza en que es posible un mundo mejor. Olvidamos los valores más elementales, aquellos que nos han transmitido nuestros padres y los verdaderos maestros, quienes no se dejaron seducir por regímenes de la adulación y el servilismo. A pesar de que parece que el viento nos es contario y de que tenemos la sensación de que no vale la pena luchar, nos aferramos a la convicción de que el valor básico de vivir no muere, ni puede ser asfixiado con la falsedad. Cuando se tiene la experiencia de haber sentido el amor de otros y de haber amado, esto nos eleva el espíritu y orienta las decisiones personales con el objetivo claro de mantener la vida, hacerla crecer y transmitirla.

Esta concepción del ser humano, tan sencilla y tan sublime, se enfrenta en el diario vivir con obstáculos permanentes que la oscurecen y confunden, y que nos presionan a tomar decisiones equivocadas que, en lugar de conducirnos a favorecer el crecimiento de la vida, nos empequeñecen y limitan. Por todo ello, es muy importante ser conscientes de estos obstáculos que, a lo largo de los siglos, han sido conceptualizados como vicios, errores, desórdenes o pecados y que, hoy por hoy, hay que llamarlos por su nombre, sin temor a parecer anticuados y obsoletos. En la lucha férrea contra ellos, las diversas civilizaciones, a través de múltiples expresiones, han invitado a fortalecer las virtudes humanas, que se definen como posiciones y actitudes ante la vida que nos permiten esclarecer lo que es verdaderamente valioso: la experiencia de vivir permanentemente dando vida a otros y perseverar fieles a nuestras creencias, aunque parezca que todo es inútil y que vencerá el mal.

La fe, el valor de la familia, la fidelidad a la palabra dada, el respeto a los derechos humanos, la amistad, la sana convivencia, la justicia social, la armonía y la paz en el mundo, serán inalcanzables si no se promueven y practican las virtudes humanas fundamentales que hacen prevalecer los valores básicos. Algunos los llaman virtudes republicanas o ciudadanas. Desde nuestra fe, no hay que dudar en llamarlas virtudes teologales y cardinales. El caso es que son virtudes y son necesarias. Para fundamentar mi dicho, me valgo de una historia de Bruno Ferrero que dice que «Había una vez una joven madre esperaba su segundo hijo. Cuando se enteró de que era una niña, enseñó a su primogénito, que se llamaba Miguel, a apoyar la cabecita en su redondo vientre y a cantar con ella una canción de cuna a su hermanita que estaba por nacer. La cancioncilla «Estrella, estrellita, la noche se acerca…» gustó mucho al niño quien la cantó varias veces.

Sin embargo, el parto fue prematuro y complicado. La recién nacida fue colocada en una incubadora en la sección de terapia intensiva. Los angustiados padres estaban preparados para lo peor pues su bebé tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir. El pequeño Miguel les suplicó: “¡Quiero verla! ¡Tengo que verla!”. Al cabo de una semana, la recién nacida empeoró aún más. La madre decidió entonces llevar al pequeño Miguel a la unidad de cuidados intensivos de la maternidad. Una enfermera intentó impedirlo, pero la mujer estaba decidida y condujo a su pequeño hijo junto a la cuna de su hermanita, llena de cables y tubos donde la pequeña luchaba por la vida. Ya cuando estuvo cerca de la cuna de su hermana pequeña y, casi instintivamente, Miguel comenzó a cantar en voz baja «Estrella estrellita, la noche se acerca…». La recién nacida reaccionó de inmediato y empezó a respirar tranquilamente, sin dificultad. Con lágrimas en los ojos, la madre dijo: «Continúa, Miguel, continúa…».

El niño continuó y la bebé empezó a mover sus pequeños brazos. La madre y el padre lloraban y reían al mismo tiempo, mientras la incrédula enfermera contemplaba la escena con la boca abierta. Pocos días después, la niña llegó a su casa en brazos de su madre, mientras Miguel expresaba ruidosamente su alegría. Los médicos de la clínica, avergonzados, intentaban explicarlo todo con palabras difíciles que nadie entendía. Los jóvenes padres no se complicaban pues sabían que era, simplemente, un milagro. El milagro del amor de un hermano por su hermanita a la que tanto había esperado y a quien amó aun antes de conocerla». Esta hermosa historia nos ayuda a reflexionar sobre el hecho de que podríamos vivir más intensamente si estamos seguros de que hay alguien que nos espera y nos ama.  Y esto no es otra cosa que la que nos refleja el Evangelio con una de las frases más hermosas que nos ha dicho Jesús: «No se turben; crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar. Y después de ir y prepararles un lugar, volveré para tomarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Para ir a donde yo voy, ustedes ya conocen el camino» (Jn 14,2-3).

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